20 horas de Vietnam a Laos

Parecía mentira… pero, sí. Sí es posible viajar de la zona Norte de Vietnam a Laos sin tener que regresar a Hanoi. Lo dudábamos y mucho porque nadie en el país era capaz de asegurarnos que el puesto fronterizo expedía el visado.

Desde Sapa tomamos a las 7 de la mañana una buseta a Dien Bien Phu, un pueblo situado a unos 30 kilómetros de la frontera de Laos. El trayecto nos llevó 9 horas más o menos tranquilas. Tranquilas, que no cómodas. Como es habitual se intuyó que el conductor pronunciaba la frase mágica: ¡Al fondo hay sitio! ¿Pero dónde? Acaso donde caben dos, ¿no caben tres, o cuatro o diez? Por momentos se llegó a contabilizar más de 25 personas donde apenas caben 18 personas.

El traqueteo de la buseta por los caminos del Norte de Vietnam es constante. Montañas cársticas gigantes con vegetación selvática; arrozales infinitos y campesinos con sus típicos gorros cónicos, y minúsculas aldeas. Un paisaje digno de contemplar. Y… llegamos a Dien Bien Phu; la última ciudad vietnamita antes de atravesar la frontera a Laos. Nada especial tiene esta ciudad, salvo la histórica batalla que puso fin a un siglo de ocupación francesa a orillas del río Nam Yum.

Estuvimos en Dien Bien Phu el tiempo suficiente como para comprar los billetes del día siguiente hacia Muang Khua, comer algo, comprar provisiones para el día siguiente y dormir en un cutre hotel, justo enfrente de la estación de autobuses, por aquello de no perder el tiempo. El camino arrancaría al día siguiente a las 5.30 horas.

En efecto, el autobús salió sobre las 5.30 horas, con sobrepeso. Infinitos kilos de mercancía de lo más variado, en la baca, en el interior… Todo cabe. Aunque estaba a rebosar, por el camino se iba subiendo más gente, que utilizaba los sacos de grano que inundaban el pasillo a modo de asiento. Y si no, el ‘copilo’ desplegaba unas sillitas de terraza y buscaban acomodo.

Llegamos a la frontera con Laos. Primer alto en el camino para sellar la salida de Vietnam. Compartíamos viaje desde Sapa con un matrimonio argentino y su pequeña de dos años, con la que llevaban viajando desde que ella tenía un año; con una canadiense, tres holandesas, un australiano y una chica oriental que no llegamos a saber de dónde.

La canadiense tuvo problemas en la aduana porque el papel que necesitaba estaba guardado en una habitación de la que nadie parecía tener la llave. Perdimos un montón de tiempo hasta que lograron abrir la puerta. A unos cuantos kilómetros después, ocho o diez, estaba la frontera con Laos donde, efectivamente, sí se puede tramitar el visado sobre la marcha. Un funcionario con mascarilla nos puso un termómetro en la frente para comprobar que no teníamos fiebre. Entregamos los pasaportes, esperamos y esperamos, hasta que llegó la ‘factura’: 35 dólares por ser españolas; 30 para los argentinos y 45 para la canadiense, creo recordar. No cambiamos kips porque el cambio era pésimo. Error; luego lo pagaríamos.

Adiós Vietnam. Hola Laos. Adiós a una carretera. Hola a un camino. Nada más traspasar la frontera nos percatamos de que entrábamos en un país más pobre. El inexistente asfalto, las casas, la suciedad en la cara de los niños…, pero qué paisaje. Precipicio a la derecha. Se vivieron momentos de tensión cuando el bus empezó a derrapar y se acercó al abismo. Era junio y las primeras lluvias ya habían caído.

La carretera que están construyendo y, en especial, los puentes, ahorrará en un futuro minutos al reloj, pero mientras llega ese momento, hubo que bordear una montaña y otra, y la de más allá. El paso de cualquier río o riachuelo era aprovechado por el ‘copiloto’ para remojar el recalentado y viejo autobús, justo al lado donde niños jugueteaban con el agua.

Perdimos la noción el tiempo, cuando el bus se detuvo frente a una localidad. Mariví y yo teníamos nula información de dónde estábamos y, lo que es peor, de cómo proseguía el viaje. Era Muang Khua. Y entre medias: el río Nam Ou. Los 20 kips que nos habían devuelto en la aduana nos sirvieron para tomar una lancha para llegar a la otra orilla. ¿Y ahora qué? Habría que tomar un tuk-tuk hasta la estación de autobuses y después…

Aquí comprendimos el error de no haber cambiado ni un solo dólar. No aceptaban divisas, sólo kips. No había ningún lugar para cambiar dinero, y no teníamos ni para una botella de agua, ni tampoco para pagar el tuk-tuk. En ese momento ya sólo estábamos Mariví y yo, la canadiense y dos holandesas. La canadiense sí tenía, pero se negó a dejarnos un maldito dólar y, además, empezó a decir al conductor que no teníamos más que dólares. Pese a que le pedimos que se callara, insistió. Le debimos dar pena al conductor y nos llevó los cinco kilómetros hasta la estación de autobuses y nos permitió pagarle con dólares.

Lo gracioso se vivió después. Al llegar a la estación, nos propuso el taquillero que prosiguiéramos un viaje de otras tres horas hasta… (no lo recuerdo) y que desde allí esperáramos uno que atravesaba de norte a sur Laos. La canadiense no tenía suficientes kips para comprar el billete y tampoco dólares. Sólo llevaba d0ngs vietnamitas, que no aceptaban. Al enterarme de su apuro, le dije que no se preoupara y le di los cinco dólares precisos. Espero que haya aprendido la lección. Moraleja: cuando viajes fuera de tu país, y más si lo haces en solitario, sé solidario; unas veces serás tú el que necesites algo, otras veces será el de enfrente.

Cogimos otra camioneta, más llena si cabe, y fuimos contemplando los mini incendios que los laosianos provocan para acrecentar la superficie de siembra. Una pena. El río Nam Ou nos acompañó durante buena parte del recorrido hasta que llegamos a la siguiente parada. Eran ya las 18 horas y el autobús salía justo a las 18 horas -tan sólo llevábamos siete horas y medio de recorrido-. No hubo problema, nos esperaron a que compráramos el billete, fuéramos al servicio, compráramos provisiones, cambiáramos dinero, metiéramos las mochilas en la parte de abajo del autobús, junto a tres motos… Nos esperaron gustosamente.

El viaje prometía. El autobús de dos plantas. Dos asientos para cada una de nosotras. Bien. Pero fue arrancar y nos dimos cuenta de la pesadilla que supondría viajar con un autobús tan alto y tan grande por una inexistente carretera. No tenía nada de estabilidad y todos los socavones venían precedidos de un frenazo y el correspondiente bamboleo, con moratones incluidos. Imposible dormir, imposible permanecer inmóvil en el asiento.

Al final… 20 horas después, un compañero de viaje laosiano nos advirtió de que, tras la nada, se abría Luang Prabang. Era la 1.30 horas de la madrugada. No hubiera pasado nada si no fuera porque Luang Prabang tiene toque de queda desde las 23 horas. Nadie por la calle, ni un coche, ni una persona. Nadie si exceptuamos a un conductor de un tuk-tuk que nos llevaría, previo regateo, a buscar un guest house. ¿Por qué aceptó regatear si era el único que nos podía llevar y estaba claro que le íbamos a pagar lo que nos hubiera pedido?

Las cinco (canadiense incluida) nos dirigimos a un alojamiento. Cerrado. Ya nos los había advertido el conductor. Le indicamos a otros. Completo. Ya nos lo había advertido el conductor. Al final, viendo que sus indicaciones era acertadas, nos dejamos guiar al Sok Dee; una guest house simplemente correcta. Y allí descansamos y descansamos.

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Categorías: Laos | Deja un comentario

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